Aquí estoy otra vez para seguir con el viaje de este Lunes…
Llegando a Oviedo cogemos el desvío que nos lleva hacia Grado y posteriormente hasta Cornellana. Hasta Grado comienza con una Autovía de reciente creación, muy nueva en todos los sentidos. La deconozco totalmente. Parece que se pueden mantener buenos ritmos, aun así las curvas se suceden pero sin ser carretera de alta montaña.
Llegamos a Grado después de dos horas y veinte minutos de viaje. Paramos para tomar un refrigerio e ir al baño. Al entrar en el pueblo me doy cuenta que la autovía se termina y lo que nos queda por delante es carretera ratonera de buen asfalto al parecer.
Terminamos la parada en boxes y seguimos rumbo. Comienzan las hostilidades de nuevo, al carretera no hace más que presentar curvas y mas curvas, sin arcen y con el suelo un poco roto, sin llegar a ser incómodo. ¡Ojo! Camión y caravana. Transitamos lentamente los siguientes 3 kilómetros hasta que aparece un carril de vehículos lentos en la subida a un pequeño alto. La segunda ya estaba metida, espera hasta que los demás pasan al camión y entonces pedal a fondo y para arriba. La gente creo que pasa de cambiar de marcha. ¡Qué lentitud para adelantar! Así todo da tiempo a fulminarlos a todos.
Ahora para abajo, con carretera húmeda y sin arcén. ¡Moooooola! Enlazo las curvas una tras otra. Otros dos vehículos lentos, reducimos a segunda y a esperar algún breve metro de línea discontínua para adelantar. En las dos primeras discontínuas imposible, hay tráfico subiendo. A la tercera va la vencida, corte en segunda favorecido por el descenso, tercera y freno para meterme entre los dos coches. Reducción a segunda a la espera de la próxima discontinua, en esta no había más sitio. ¡Ahí esta el hueco! A fondo, tercera, cuarta… Y seguimos el descenso.
Llegamos al cruce antes de Cornellana que nos manda hacia Cangas de Narcea que es nuestro destino. Marca 60 kilómetros todavía, y parece que la carretera va a seguir siendo ratonera porque nos estamos adentrando en un perfecto valle entre dos montañas. Curvas, curvas y más curvas. Muy buena carretera aunque tiene muchos pueblos y voy bajo aviso de que suele haber radar.
En uno de los tramos revirados me encuentro con una grúa delante de mi. ¡Cómo va el tío! ¡Menudo ritmo lleva! La paso y continuo. La carretera es preciosa por sus insinuaciones, el paisaje también parece bonito pero no tengo tiempo para observarlo. En estas que llegamos a Cangas. Dejo enfriar un poco el motor y aparco.
Después de unos asuntillos, sin quererlo ni beberlo me encuentro conduciendo un Mondeo II 2.0 TDCi 130cv al pie del Rañadoiro. Sí, ese puerto que se subió en la Vuelta a España el año pasado y que tenía ganas de recorrer. Quizá este no era el coche adecuado ni la compañía, pero solo estar ahí ya merecía la pena.
Tomo contacto con el Mondeo y empiezo a rodar. Las primeras impresiones son bastante buenas en cuanto a chasis. Dirección rápida y directa. Transmite lo que pasa en el suelo y no hace falta ir corrgiendo en plena trazada, todo lo contrario que la del Megane. La palanca decía “¡Úsame!”. Tacto muy agradable, recorridos relativamente cortos. El pedalier, en su sitio. Freno y acelerador muy juntos, fantásticos para hacer punta-tacón. El tacto del freno era el típico, largo recorrido mientras aumentas la presión sobre el pedal. Intuitivo. El acelerador no parecía electrónico, parecía de cable como los de antaño. Ambas caraterísticas se sumaban para hacer de las reducciónes antes de las curvas una auténtica maravilla, y eso que estamos hablando de un coche de 3 volúmenes pensado para ir por autovía o nacionales relativamente rectas.
Lo que menos me gustó fue el motor. Me lo esperaba, era diesel. No era tan brusco como los TDi pero se acababa en un santiamén, te obligaba a cambiar de marcha en exceso y por debajo de las 2.000 rpm no había chicha, nada de nada.
El recorrido con el Mondeo me llevó por el puerto del Rañadoiro anteriormente citado. Ascenso por la cara norte, descenso por la sur. Subimos el Alto del Campillo, creo recordar que se llamaba así para en su posterior descenso llegar a Sisterna, que sería donde comeríamos. Después de comer, deshicimos el camino y nada más terminar de bajar el Rañadoiro, giro a la derecha para tomar una carretera perdida de la mano de Dios que nos lleva al pueblo de Gedrez y al Monasterio de Hermo. Preciosa carretera entre árboledas y completamente revirada. En todo este recorrido, el tráfico se podía contar con los dedos de la mano, lo que favorecía el realizar una conducción cómoda. Terminada la visita al Monasterio, vuelta a atrás y 40 kilómetros hasta llegar a Cangas de nuevo.
Fueron casi 130 kilómetros con un coche al que no estaba acostumbrado pero que me causó una muy buena impresión, a pesar del poco apego que les tengo a los Ford. De la conducción no tengo nada que decir porque han sido los 130 kilómetros que más ganas tenía de hacer. La carretera se prestaba al disfrute y era una ocasión que no podía desperdiciar. Sencillamente me lo pasé como un niño con zapatos nuevos.
Por hoy creo que ya vale, mañana os contaré el regreso de Cangas a Zamora, donde en la primera parte de la carretera se juntarón tres condicionantes que animaban a arriesgar por encima de todo: noche cerrada, lluvia y carretera juguetona, muy juguetona, desconocida.
Mañana prometo seguir poniéndoos los dientes largos, a mi por lo menos me los pone el simple hecho de recordalo.
Ciao
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